domingo, 29 de enero de 2017

28 de Enero de 2017 - Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Empezamos por lo más bajo, para poder llegar a lo más alto. Paso a paso dijo Mostaza. Y así arrancamos al barrio de Villa Devoto, para pararnos en el punto más alto de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (y el punto más bajo de los 24 de la lista). 

Y en este trayecto no estuve solo. Me acompañaron mi vieja (Susana) y Jorge, dos personas con las que ojalá me toque subir muchos lugares más de la lista. 

Llegaron a Buenos Aires alrededor de las 15:30 del domingo 22 y, después de unos mates con mi vieja mientras Jorge jugaba al GTA V en la playstation 4 y hacía de gangster robando autos y escapando de la policía, cargamos el equipo (botellas de agua, cámara de fotos y de video, celulares), y nos subimos a la camioneta para hacer el trayecto que nos llevó hasta Villa Devoto. 



Y así nos fuimos, con un calor de locos, a cruzar la Ciudad en busca del punto más alto, la intersección de las avenidas Francisco Beiró y Chivilcoy, pasando antes por los barrios de Palermo, Villa Crespo, Paternal y Agronomía. 


El auto quedó unas 3 cuadras antes del destino (por supuesto, no íbamos a llegar a uno de los 24 puntos más alto en auto!). Caminamos por la Av. Beiró, cruzamos las vías del ferrocarril San Martín, y llegamos al destino, donde pasaba gente caminando, como todos los días, seguramente sin saber que todos los días ellos estaban haciendo cumbre en Buenos Aires. 



Después de llegar a la intersección, caminamos unas 2 cuadras hasta el antiguo Palacio de Aguas, un edificio enorme, macizo y en restauración, donde nos sorprendimos con los detalles de la arquitectura y sus jardines remodelados. Es sabido que en la mayoría de las ciudades del mundo, los edificios de aguas suelen estar en los puntos más altos. 




Y así terminó la primer travesía de las 24, la primer aventura, todos contentos caminando hasta la camioneta y de vuelta a casa, unos 20 metros más abajo. 

¿Próximo destino? Paraná, Entre Ríos, del 24 al 28 de febrero, desde donde saldré a recorrer los 60 kilómetros que separan aproximadamente a la capital del punto más alto de la provincia. 

domingo, 15 de enero de 2017

15 de Enero de 2017 - Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Entonces, ¿cuáles son las cumbres y/o punto más altos de cada provincia y de la Ciudad de Buenos Aires? En primer lugar, aclaro que empezando desde el punto más bajo (Ciudad de Buenos Aires) hasta el más alto (Mendoza), los primeros 5 pueden discutirse ya que no se tratan de montañas ni cerros, sino simplemente de puntos que pueden estar en el medio del campo o bien en plena ciudad, y que a simple vista uno puede no darse cuenta del desnivel. Para estos 5 puntos voy a tomar como referencia la mayoría de las coincidencias que encontré en Internet (que a veces discrepan entre sí, como es el caso de Entre Ríos o Santa Fe). 

Otra herramienta útil aunque no del todo precisa que me ayudó a determinar estos puntos “conflictivos” fue el Google Earth, aunque la altura que marca en ciertos lugares haya que tomarla con pinzas, porque hasta pueden no concordar con las mediciones que para el mismo lugar hizo el Instituto de Geografía Nacional o el Instituto de Geografía Militar. 

Habiendo aclarado lo anterior, voy a tomar como “las 24 cumbres” los siguientes puntos más altos de cada provincia y de la Ciudad de Buenos Aires, empezando del más bajo al más alto, siempre sobre el nivel del mar: 


1. Intersección de las calles Francisco Beiró y Chivilcoy - Villa Devoto, Ciudad Autónoma de Buenos Aires (27 metros aproximadamente). 

2. Cuchilla de Montiel - Crespo / Estación Camps, Provincia de Entre Ríos (119/127 metros aproximadamente). 

3. Piamonte - Provincia de Santa Fe (114/130 metros aproximadamente). 

4. San Carlos - Provincia de Corrientes (203 metros aproximadamente). 

5. General Mosconi - Provincia de Formosa (215 metros aproximadamente). 

6. Taco Pozo - Provincia del Chaco (224 metros aproximadamente). 

7. Sierras de Guasayan - Provincia de Santiago del Estero (630 metros aproximadamente). 


8. Cerro Rincón - Provincia de Misiones (843 metros). 

9. Cerro Tres Picos - Provincia de Buenos Aires (1239 metros). 


10. Serranía El Peralito - Provincia de La Pampa (1300 metros).

11. Cerro Vinciguerra - Provincia de Tierra del Fuego (1499 metros). 


12. Cerro de Las Ovejas - Provincia de San Luis (2297 metros). 


13. Cerro Dos Picos - Provincia del Chubut (2515 metros). 


14. Cerro Champaquí - Provincia de Córdoba (2885 metros). 


15. Cerro Tronador - Provincia de Río Negro (3491 metros).


16. Cerro San Lorenzo - Provincia de Santa Cruz (3706 metros). 


17. Volcán Domuyo - Provincia del Neuquén (4707 metros). 


18. Cerro del Bolsón - Provincia de Tucumán (5552 metros). 


19. Nevado del Chañi - Provincia de Jujuy (5896 metros).


20. Volcán Llullaillaco - Provincia de Salta ( 6739 metros). 


21. Cerro Mercedario - Provincia de San Juan (6770 metros). 


22. Monte Pissis - Provincia de La Rioja (6795 metros). 


23. Cerro Ojos del Salado - Provincia de Catamarca (6891 metros). 


24. Aconcagua - Provincia de Mendoza (6960 metros). 


miércoles, 11 de enero de 2017

11 de Enero de 2017 - San Martín de los Andes, Provincia del Neuquén, Argentina

Vivo en la Ciudad de Buenos Aires desde hace ya más de 11 años, tengo 29 años -a 11 días de cumplir 30- y soy abogado. Así y todo, si tuviera que definirme en una palabra, diría que soy un Aventurero

Como dije, vivo en la Ciudad de Buenos Aires pero antes viví en San Martín de los Andes (Neuquén), y antes viví en La Plata (Buenos Aires), y antes en Olavarria (Buenos Aires), y antes en San Martín de los Andes -por primera vez, a donde mi mamá y mi papá me llevaron a los pocos meses de haber nacido-, y antes en la Ciudad de Buenos Aires, en la cual nací una sofocante tarde de un 22 de enero -pobre vieja-. 

 En mi vida cambié muchas cosas: de ideología política, de religión, de sueños, de ambiciones, de proyectos, de objetivos, de amigos, de compañeras, de mañas y de un sinnúmero de cosas más. Pero lo que no cambié nunca -además de ser bostero a muerte- es esa pasión por los viajes, por conocer gente y culturas diferentes, lugares inhóspitos en donde el ser humano no gobierna y en los cuales uno termina siendo un punto en el medio de la nada, parte del paisaje. 

Lugares tan lejanos para nosotros como Nueva Zelanda (2008), país en el que estuve 3 meses, de los cuales el primero trabajé en una granja juntando mandarinas para después viajar en auto con un checo -Matiej-, un alemán -Ferdinand- y mi hermana -Mariana, que por ese entonces estudiaba inglés en Auckland-. Unas semanas después, seguí viaje sólo con ella por la isla sur, y las últimas semanas sólo hasta reencontrarme con Matiej, Ferdinand y otr@s compañer@s en la isla norte.

Nueva Zelanda, país de enormes contrastes entre su población descendiente de los colonizadores ingleses -los kiwis- y los pueblos originarios de la isla -los bravos maoríes-. País de hermosos paisajes, donde uno puede ver el horizonte del mar desde la punta de la isla norte apoyado en el faro de Cape Reinga, caminar el desierto de dunas en Te Paki, visitar lagos de azufre rodeados de volcanes en Taupo, o ver un paisaje similar a nuestra Patagonia de Christchurch para abajo.





















Un par de años después (2010), la posibilidad de hacer otro viaje surgió, esta vez con 4 amig@s -Nico, Marquitos, Charly y Marinka-, que nos llevó durante varios meses por lugares tan distintos como Capilla del Monte, Salta, Tilcara, Humahuaca, Iruya (Argentina), Uyuni, Potosí, Sucre, La Paz, Copacabana (Bolivia), punto en el que nos terminamos separando porque un alud de barro en Machu Picchu hizo que la frontera entre Bolivia y Perú se cerrara, y algun@s eligieran volver directo a Argentina -Marinka-, otros quedarse en Cochabamba -Charly-, otros volver a la madre patria por tierras bolivianas -Nico y Marquitos-, y otro -quien escribe- con una inolvidable compañera de viaje australiana por caminos no planeados rumbo a Buenos Aires. 








2013 me encontraría planeando un viaje de la nada en el que salimos con mi hermana en enero a Montevideo, como primer punto de un camino que nos llevaría por Florianópolis, San Pablo, Río de Janeiro y Salvador de Bahía, ciudad en la que, después de enterarse que tenía 3 días de viaje hasta el Amazonas, Mariana pegó la vuelta en avión directo a Buenos Aires. De ahí, el camino me llevó en solitario para Belem Do Pará, Alter do Chao y Manaos -en donde me encontré a Marinka, después de haber estado yo navegando 10 días en el Amazonas-; cruzando los 2 la frontera brasileño - venezolana por Santa Elena rumbo a Caracas, Mérida -ciudad en la que nos separamos ya que ella se fue rumbo a Guyana- y desde donde yo seguí para la frontera colombiana rumbo a Santa Elena -en donde hice un parate para ir hasta la Ciudad Perdida, a 3 días de caminata por la selva-, Cartagena -la ciudad de la cual me enamoré-, Medellín, Salento, Popayán, Pasto y el destino final, Quito.  





Un sinfín de aventuras, anécdotas, experiencias que me podrían llevar páginas enteras. Desde presenciar rituales candomblé en los suburbios de Salvador de Bahía, pasando por noches en soledad bajo las estrellas en la proa de un barco en el Amazonas -con la única compañía de un cigarrillo, los ruidos de la selva y mis pensamientos-; haber conocido tribus indígenas en la selva colombiana que no hablaban español pero que compartían sus comidas y sus bebidas conmigo; haber dormido 3 noches en hamaca paraguaya en una playa tropical a unas horas de viaje de Cartagena en compañía de un gran compañero de viaje -hermano mío-, “El Pirata Romano”; y un gran etcétera. Lugares que me llenaron de aventuras, muchas de las cuales no pude registrar en fotos -perdí la cámara muy a principio del viaje-, pero que quedaron bien grabadas en la memoria.

Ya pasaron 4 años de este último viaje, tatuado en lo más profundo de mi alma -y próximamente en la mitad de mi brazo derecho-. Y con todas esas experiencias encima, más el amor -además del respeto y la admiración- que siempre tuve por las montañas, me embarco en esta próxima aventura, que es subir los puntos más altos de cada una de las provincias de mi país, no sólo como excusa para llegar a lugares donde el viento sopla fuerte y la sensación de inmensidad de la naturaleza y la pequeñez del ser humano se encuentran, sino también como excusa para recorrer los rincones de un país que me son desconocidos.